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Mi maternidad

El aborto involuntario (parte I)

Hoy quiero abordar en este post el peor día de mi vida. Es algo que me duele recordar, pero tengo que hacerlo para que aquellas parejas que os encontréis en la misma situación que nosotros en su día, podáis llevarlo un poquito mejor y transmitiros mis sensaciones y lo que odiaba oír en esos momentos.

Estaba entonces embarazada de 13 semanas y nos tocaba la primera ecografía por la Seguridad Social en la Residencia Cantabria. Mi marido y yo habíamos ido primero por la privado, en la semana 8, para ver que todo fuera bien, y nos dijeron que estaba todo perfecto e incluso escuchamos el corazoncito de nuestro bebé.

Pues bien, nada más entrar en la sala y tumbarme en la camilla, me empieza a mirar una doctora y nos dice que hasta que no acabe de verlo todo no nos dirá nada (un poco borde la verdad). A medida que me miraba y le veía la cara, me empecé a inquietar y no sé por qué pero no me olía bien. Entonces recuerdo que dejó de mirar la pantalla, se giró, nos miró y nos dijo “lo siento, pero estas cosas a veces pasan, el corazón ha dejado de latir”. Mi marido y yo nos miramos atónitos y de repente sentí una punzada dentro de mí y rompí a llorar. ¿Cómo era posible si le habíamos escuchado latir? ¿Por qué a nosotros? La cara de mi marido se puso blanca y la doctora le mandó sentarse. Nunca le había visto así, intentaba hacerse el fuerte pero no pudo y también se le saltaron las lágrimas.

Nos dejaron solos en la sala un rato y al volver nos explicó que había sido un aborto diferido a las 11 semanas, que lamentablemente pasa más de lo que nos pensamos (no recuerdo el porcentaje pero era mucho más alto de lo que me pensaba) y que tenía que ingresar por la tarde para expulsar el feto. Yo no daba crédito a lo que escuchaba, de repente pasé de levantarme de la cama todo ilusionada para ver y escuchar a mi bebé, a no querer haberme levantado de la cama nunca….Con las mismas, nos dieron el informe y nos fuimos.

Por la tarde noche ingresé por urgencias. Me pusieron unas pastillas vaginales para que yo misma fuera expulsando todo. La sensación era angustiable, me sentía tan vacía y tan mal que no sé describirlo con palabras. Es como si estuvieras viviendo una pesadilla, yo no quería expulsar nada, yo quería despertarme y oír latir fuerte el corazón de mi bebé.

Estuve dos días ingresada y para casa. Físicamente me sentía débil y con bastantes dolores. Pasaban los días y no paraba de sangrar, con lo que fuimos otra vez a urgencias y me dijeron que tenía que volver a ingresar, oh horror!! me quedaban restos y me tenían que hacer un legrado. Aparte de lo mal que estaba físicamente, mi cabeza no paraba de dar vueltas y no podía dejar de llorar, ¿por qué a nosotros?

Desde mi punto de vista, creo que hace falta que a las mujeres (y también a la pareja como tal, porque mi marido también lo pasó mal) que pasan en esos momentos por una situación psicológica tan dura  les proporcionen también ayuda moral, porque al final físicamente te recuperas rápido pero psicológicamente estás tocada, y a mí por lo menos, en ningún momento me preguntaron que tal me encontraba, si no que se limitaron a quitarme los “restos” como ellos decían, pero no se daban cuenta que para mí y mi marido, eso no eran restos sino que era nuestro hijo.